Azorín, nuestro escritor de Monóvar, a quien Delibes cita por su sensibilidad, su respeto y su capacidad de fascinación
Es una lástima que existan noticias que deberían durar en el tiempo mucho más de lo que se merecen las que siempre andan tras los jefazos políticos o judiciales a ver qué chorradas nos sueltan para ver cómo reaccionamos; o los terroristas qué crimen, atentado o amenaza; o pendencieros de la prensa rosa, que viven de hacer pública su vida privada.
Me refiero a la subsistencia, o mejor dicho a la permanencia en el tiempo, sin excederse para no aburrir, de intelectuales, grandes pensadores y retratistas fieles y con verdadero arte de la vida cotidiana. ¿Cómo es posible que en los medios de comunicación sean noticia de un solo golpe (casi un simple suceso) la muerte de los inmortales? Se pone un titular, se manda un reportero para que hable con la familia, se le hace permanecer hasta el sepelio para tener la lista de asistentes por si aparece algún personaje popular, se le entierra y se le olvida al segundo o todo lo más al tercer día.
¡Y, hale, adiós muy buenas! Es una realidad que una noticia es algo efímero; lo que no hay derecho es que también sean flor de un día las personas ilustres que las protagonizan, que han formado parte de nuestro despertar al mundo de la comunicación que muchos de nosotros hemos descubierto boquiabiertos mientras nos formábamos como personas, lo que no termina nunca. Ya hemos visto cómo la muerte de los que escribían a diario en prensa como Jaime Campmany o Paco Umbral, apenas recibieron luego un réquiem inacabado, porque será preciso retomarlos algún día.
A Miguel Delibes le debemos mucho los españoles en general y los castellanohablantes en particular, pues hemos leído sus obras que en cuanto salían eran superventas sin necesidad de tener que traducirlas, lo que en la España de los setenta y ochenta empezaba a ser un mérito, dado lo mucho que nos llegaba de escritores extranjeros como libros que había que conocer. Pues no; nosotros queríamos leer en la lengua en que se había escrito, y en eso el que suscribe ha sido muy cazurro y lo sigue siendo, buscando, eso sí, la exquisitez de Azorín, la destreza del verbo de Gabriel Miró, la figuración de García Márquez, la descripción y el lenguaje domado de Miguel Delibes.
Como ya manifestara 'La Verdad' en el editorial del sábado 13 de marzo, «Delibes, enamorado de Castilla, a la que conoció con vehemencia de amante y precisión de entomólogo, cazador empedernido y labriego de vocación, ha dejado páginas incomparables de homenaje a aquella tierra adusta, escenario de su vasta producción novelística». Yo mismo me atrevía a decir en 1986 que sus novelas intentan la exploración del corazón humano con personajes sencillos y temas que a él le preocupaban como la soledad, la inestabilidad, el miedo a la sociedad; por eso retrataba a débiles y marginados. Miguel Lorenci, que hizo de corresponsal desde Valladolid, nos decía casi lo mismo: «Los cuatro pilares sobre los que Delibes asentó su obra, son la muerte, la infancia, el sentido del prójimo y la naturaleza».
Sus personajes han estado con nosotros, en nuestro cuarto de lectura o de estudio, desde que aparecieron en sus libros, y aún forman parte de nuestras vidas Daniel el Mochuelo, el de 'El camino'; Nini, el de 'Las ratas'; el conserje del 'Diario de un cazador'; Carmen, la viuda de 'Cinco horas con Mario'; Azarías, el de la 'milana bonita' ('Los santos inocentes'); el viejo Eloy, de 'La hoja roja'; Lorenzo y Anita, del 'Diario de un emigrante'; Pacífico Pérez, de 'Las guerras de nuestros antepasados'; Rafa, Víctor y Laly, de 'El disputado voto del señor Cayo' y tantos otros. Y su estilo parece estar al servicio de Castilla, pues recupera el habla genuina y arcaica y el modo usual de expresión cotidiana que a veces contenía palabras que, encantado, tenías que buscar en el diccionario.
Delibes, entrando en esos matices tan menudos nos descubre una Castilla llena de naturaleza viva, tan distinta y distante de la árida y desamueblada a la que nos tenían acostumbrados Unamuno, Machado y el gran Azorín, nuestro escritor de Monóvar, a quien Delibes cita por su sensibilidad, su respeto y su capacidad de fascinación. Leer sus novelas, con su castellano de Valladolid (que dicen que es el bien hablado), es entrar en mundos de labriegos que miran al cielo relacionando el tiempo que hace con el santo del día, y escarbar en sus palpitantes interiores donde se descubren corazones sumisos y esperanzados.
La Verdad
